La habitación 415 del Hospital Provincial de Pontevedra pasará a la historia como la de Agapito Pazos. Durante casi 80 años fue su única casa, y el equipo médico de medicina interna, su única familia. Ellos eran los pocos que sabían que para darle una cucharada de sopa había casi que engañarlo, pero cuando había un sándwich para merendar, no había quien le saciase el apetito. Lo que hoy es un hospital del Sergas fue en sus inicios el único centro de beneficencia de la provincia. A sus puertas abandonaron un día de 1933 a Agapito Pazos aquejado de una discapacidad psíquica y una distrofia muscular en los miembros inferiores con deformación y distrofia en su mano derecha. Tenía 3 años. Ni siquiera las monjas pudieron hacerse cargo de él. Sus tutores legales desde 1993, de la Fundación Sálvora, suponen que fue su familia la que lo dejó en el torno giratorio de la entrada para no volver a salir nunca más del hospital, salvo cuando Eloy, uno de los celadores, ya fallecido, se lo llevó dos días a ver el mar de las Rías Baixas. El resto de su vida la pasó entre las cuatro paredes de la habitación. Desde su cama controlaba los cambios del jardín trasero hasta que el pasado sábado cerró sus ojos para siempre. El jefe del servicio de medicina interna del Complexo Hospitalario de Pontevedra, José Manuel de Lis, reconocía que «es una pérdida muy grande, ha pasado toda su vida en el hospital, primero a cargo de pediatría y ahora de medicina interna». Aunque últimamente ya no hablaba, la expresividad de su mirada era suficiente para que las enfermeras de la planta supiesen qué le pasaba. «Yo lo recuerdo cuando todavía hablaba y devoraba el queso que le poníamos», indica el supervisor de planta, que ayer se resignaba al explicar que «la cama ya está ocupada por otro paciente». Ahora todos son buenos recuerdos de su vida en el hospital, pero a los trabajadores más veteranos se les escapa una media sonrisa cuando recuerdan que «también tenía su carácter y se enfadaba de vez en cuando». Pero Agapito Pazos no era un paciente de la cama 2 de la habitación 415. Él era «el paciente». «Esta mañana se me ha hecho muy raro pasar por el pasillo y no verlo», explica Lucía, una de las profesionales que lo mimaban y que ayer ya lo echaba de menos, sobre todo cuando tuvo que cambiar la orientación de la cama y convertir el espacio de Agapito en un número más del hospital. Los cubiertos, con sus iniciales Y como cualquier vida, los recuerdos materiales de Agapito estaban en su casa, el Hospital Provincial. Era el único paciente que tenía cubiertos con sus iniciales, una habitación a su gusto y la cama orientada hacia la ventana. Sus peluches estuvieron a punto de ser donados al servicio de pediatría, pero para evitar posibles infecciones, el equipo médico descartó esta idea. «Cuando se hizo el traslado de edificio -antes medicina interna estaba en otro bloque, el de San Roque- en la mudanza fueron los muebles y Agapito», recuerda, con más dosis de cariño que de humor, el supervisor que en los últimos 30 años se preocupó de que Pazos fuese feliz. El equipo médico, en el que Agapito tenía sus preferencias, y sor Ana y sor Manuela, que durante años venían a verlo casi a diario, eran las pocas personas que lo entendían con la mirada, incluso cuando se negaba a comer la sopa del menú. Su sonrisa no se apagó hasta los últimos meses, pese a que fue operado de un cáncer de estómago y sufrió un ictus que ahora ya le impedía hablar. La esquela de los enfermeros En el corcho de la sala de descanso de medicina interna todavía cuelga la lista de los más de 40 compañeros de la planta que pagaron una esquela por un amigo más que un enfermo. Ayer descubrieron su segundo apellido. En el expediente médico de Pazos solo aparecían su nombre y el primer apellido. Al rebuscar sus datos para cubrir el parte de fallecimiento, descubrieron que su nombre completo era Agapito Pazos Méndez y que había nacido 80 años antes en Lalín. Pero ¿cómo se permitió que un paciente estuviese toda la vida en el hospital? En 1993, cuando el centro sanitario se integró en la sanidad pública hubo un intento de trasladar a Agapito a una residencia, relata Antonio Zulueta, presidente de la Fundación Sálvora, quien explica que «o xuíz dictou unha sentencia dicindo que non podía cambiar de espazo porque afectaría gravemente á saúde da persoa. Foi unha medida rara e excepcional». El equipo de medicina interna del Chop y los responsables de la Fundación Sálvora despidieron ayer a Agapito Pazos, que fue enterrado en un nicho propio en el cementerio de San Mauro. Porque aunque no tenía familia ni propiedades, sí recibía una paga por incapacidad que gestionaba la Fundación. Ochenta años de vida entre las paredes del hospital se apagaron este fin de semana, aunque el espíritu de superación de este amante del queso quedará para siempre en la habitación 415, la habitación de Agapito Pazos Méndez.
unha triste e emotiva historia, moi ben contada. sen palabras
Y digo yo:en LALIN no hay nadie que se llame PAZOS MENDEZ,como se nota que no se llama ORTEGA INDITEX,le aparecerian parientes por todo el pueblo para aparecer en la foto.SEGURO que ni uno fue al intierro portando el apellido.
Ochenta años viviendo en apenas unos metros cuadrados. Lo que algunos podíamos entender como una condena a la soledad, en el caso de Agapito entiendo que lo acompañaron muchas atenciones para atenuar en parte la que le faltó de sus progenitores que, sin ánimo de crítica, no le dieron el cariño que se merecía. Una historia enternecedora, tal como se lee, que nos concilia con el ser humano.
...para demostrar que en vez de AVE hay que gastarse los cuartos en estos minusvalidos que llegan a más de los 80 años!. Se ocupan más o menos de ellos mientras son niños y después: AIRE...!
una historia triste y preciosa. DEP Agapito
Hermosa historia, bien contada y completa.
Parece una historia de película, ¿verdad?, pues ahí hay quien se dedica a hacer guiones y libros que tiene mas experiencia que dios, asi que manos a la obra, a ponerse en contacto con familiares y amigos, si los hubiese y a obrar en consecuencia. Será por dinero.
Esta historia xunta ca de onte do pai que adoptou a nenos discapacitados dá que pensar despois de leelas. Por unha parte están os pais biolóxicos que abandonan os seus fillos, algúns supoño que non os queren ó saber que son enfermos e por outra banda está a parte feliz da historia na que ves que hai seres humanos que se preocupan de que a éstas persoas non lles falte de nada nin siquera cariño e amor, ésa é a parte que fai que te emociones porque gracias a Dios exista xente no mundo coma eses pais adoptivos e éste equipo médico que consiguen facer que as súas vidas cambien pra sempre.
unha triste e emotiva historia, moi ben contada. sen palabras ...
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Opina...para demostrar que en vez de AVE hay que gastarse los cuartos en estos minusvalidos que llegan a más de los 80 años!. Se ocupan más o menos de ellos mientras son ni ...
Opinauna historia triste y preciosa. DEP Agapito ...
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